A 32 años del infierno, crónica de un nuevo día entre los escombros

Emilio Calderón Destacadas

Fue como un pequeño saboreo al fin del mundo.

En primer momento, creí que se trataba -de alguna manera- de una broma, de una memoria de lo que sucedió hace 32 años. Tenía tan fresco el simulacro de hoy en la mañana, que podía ser todo, menos verdad. Después entendí que era en serio y que era serio.

Las paredes, sillas y hasta la gente “danzando” de un lado al otro. Las lámparas se mecen al mismo ritmo que nosotros y la piel se empieza a enchinar.

Pedí a mis compañeros guardar la calma y les dije que estuvieran tranquilos. Justamente, hace un par de semanas recibí un curso de capacitación en sismo en la Torre Latinoamericana.
Ahí me comentaron que dicho edificio es uno de los dos más seguros en la CDMX. Creo que más por ello, que por nada, sentí que nada había que temer.

Me senté y me dispuse a continuar mi trabajo, incluso estuve publicando unos segundos.
En eso, cuando creo que la pesadilla terminó, se me ocurre asomarme por la azotea del piso 14 para ver qué más sucede:

Columnas de humo, gritos que se escuchan hasta el cielo, caos en toda la ciudad.
En eso, una trabajadora de seguridad nos pide que evacuemos; la torre ya no es segura.

Bajar 14 pisos a pie da un poco de miedo, más considerando que las escaleras de emergencia -en forma de caracol- de la torre tienen un suelo resbaladizo.

Cuando empiezo a bajar, los extintores en el suelo, las personas llorando y el edificio sigue moviéndose.
¿Lo peor? Grandes “rocas” en todo el pasillo; el edificio más seguro del centro se está cayendo.

No estuve vivo hace 32 años, pero esto no se aleja…

Llegamos hasta abajo y todos bromeamos un poco: “qué suerte que ensayamos en el simulacro”. Cada uno contó sus propias experiencias y entre todos nos calmamos.

Después de una hora de incertidumbre, nos avisan que hemos de regresar a casa sin subir por nuestras pertenencias; sinceramente, no nos importa, no deseamos estar en ese lugar maldito.

Por falta de transportes, me toca caminar a través de todo el Paseo de la Reforma. Bastante desconcertado, me pongo mis audífonos y avanzo en mi camino.

Ahí, el miedo crece: lo que no vi en mi edificio, lo veo en muchos otros. Ruinas, verdaderas ruinas. Majestuosas construcciones de grandes franquicias, con el logotipo de la marca en el suelo, como mero fin del mundo.

Personas llorando y cientos, no, miles de paramédicos asistiendo a las víctimas.

Hasta horas después, me atrevo a encender la radio y oír las noticias: cientos de muertos, primarias caídas e infiernos por doquier.

Tengo el corazón partido y la sangre me hierve. Luego me entero que buitres imbéciles roban a las personas en las calles, quienes aún están en auténtico shock.

No sabemos cuántas personas hay debajo de los edificios, cuantos de los desaparecidos vayan a tener un desenlace feliz y si esto volverá a pasar pronto.

Sólo sabemos que es todo siniestro; que esto ocurrió a exactamente 32 años del evento que todo México recuerda y que nuestros padres nos relatan a quienes no habíamos nacido en 1985.

Es más que una coincidencia, saca lágrimas.
También pasó a escasas semanas de la tragedia en Oaxaca y Chiapas.

Por cierto, las condiciones no son lejanas. En ese momento, el huracán Irma también metió miedo a miles en América. El día de hoy, María y José -cuán bíblico- arrasan el continente.

Tal vez, la cualidad más hermosa del ser humano, es que es muy frágil, necesita de otros para sobrevivir.
Ojalá hoy recordemos que todos somos humanos y que todos somos hermanos.

Ojalá esos instantes de terror nos sirvan para recordar el amor que sentimos, los buenos deseos por el otro.

Debemos estar más que unidos, debemos ser uno

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