Aires de Libertad

Elvia Ortíz COLUMNISTAS

Desde épocas ancestrales los hombres han buscado la manera de dominarse unos a otros, tan es así, que el liberalismo inglés concluyó en palabras del economista Jonh Locke “El hombre, es el propio lobo del hombre” una raza de depredadores y víctimas al unísono.

La Esclavitud ha sido una práctica común en básicamente todas las culturas, desde las riberas del Nilo o las arenas de Babilonia, hasta la grandeza de Grecia y Roma; ya sea por causas de guerra, deudas de vida, condiciones de pobreza o cuna bajo cadenas. El mismísimo Jesucristo fue contemporáneo de esta usanza en la comunidad judía. El sistema esclavista persistió a través de los años durante toda la Edad Media, un punto común de compra y venta en esta época, sería la Isla de Malta, nudo entre Africa, Medio Oriente y Europa, que tomó gran auge como paso tangible en las Guerras de Cruzada; no sólo por los Caballeros Hospitalarios, sino también por el tráfico de esclavos, de todas razas y etnias.

Fue el Renacimiento con sus nuevos descubrimientos marítimos y continentales, quien trajo consigo las páginas negras en la historia del negocio esclavista a gran escala, por su alta demanda y rentabilidad, que ya no implicaba el honor de la batalla o las condiciones de familia; sino una atroz cacería de pueblos originarios de latitudes ecuatoriales, que por su modo diverso de organización político-cultural y el color de su piel fueron objeto de tratos abominables.

La isla de Goreé se erige como testigo elocuente de tristeza y vergüenza.

Impasible en la Bahía de Dakar, como puerta de la Selva Africana, su Castillo con murallas de muerte, que recuerdan en forma indeleble, la ambición y estupidez humana, donde durante más de 300 años los habitantes de las inmediaciones, fueron cazados como animales y almacenados cual mercancías en la ahora llamada “casa de los esclavos”

El haber sido nombrada Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO, no borra el horror que causaban sus muros, procedente de la certeza, que al cruzar el umbral de aquella fortificación maldita, no se volvía jamás; era un punto sin retorno donde en sistema similar a una gran lata de sardinas vivientes, las “presas de cacería” eran almacenadas en celdas húmedas e insalubres, en espera del siguiente galeón que extendía su tablón de condena, directamente a la puerta trasera que se abre al mar, hecha ex profeso, con frío pragmatismo, para facilitar la circulación de la “mercancía” en su proceso de salida del puerto, y que hoy aún subsiste.

Embarcaciones lucrativas, a pesar de que al cruzar el Atlántico perderían hasta el 40% de su mercancía, la merma estaba considerada; enfermedad, mortandad y seres humanos tirados al mar a fin de hacer suficientes las provisiones de la nave…

El cineasta Steven Spielberg en su filme “La Amistad”, retrata con bien lograda fidelidad estas travesías, de desgracia para los más, y de fortuna para los menos. No importa si las naves eran inglesas, holandesas o portuguesas; el producto era vendido al mejor postor, ya fuera en las Antillas Caribeñas para trasladarlo a Norteamérica o conducido al Amazonas… El destino era el mismo, una vida de esclavitud o la muerte.

Más allá de las leyes de selección natural y adaptación al medio; el ser humano como ente racional, por fortuna ha empezado a caer en la cuenta del valor de la dignidad humana y el respeto a la misma, apenas a mediados del siglo XIX los franceses abolieron el mercado esclavista en Senegal, donde ahora podemos apreciar un monumento a la libertad, uno de los mayores bienes de la humanidad y derecho universal por excelencia!!

Related Post