Crónica de otro secuestro de un español en México

 

Luis es uno de los 12 españoles que han sufrido de un secuestro express en los últimos dos años y medio en México. Es directivo de una empresa multinacional, y aunque gana 300 mil euros brutos al año, no usa zapatos a la medida ni camisas italianas que evidencien su estatus socioeconómico.

Con el reciente asesinato de la española María Villar, Luis recordó el infierno que vivió durante cuatro horas, cuando fue secuestrado en la capital mexicana, y que le dejó secuelas psicológicas y físicas. 

Fue el 4 de septiembre de 2015 cuando Luis acababa de llegar al DF. en un vuelo de primera clase y con una escala procedente de Ginebra, Suiza, que es uno de los países más seguros del mundo. Sin embargo, en México hay un muerto, secuestrado o extorsionado cada 12 minutos, según los últimos datos oficiales.

“Yo marché al extranjero para hacer méritos y seguir ascendiendo. No tengo pareja ni hijos y el pack que me ofrecieron fue muy bueno. Porque no sólo es el sueldazo que te ponen, sino el seguro médico, la vivienda de lujo, el chófer, la seguridad, etcétera. Yo no me fui cuando en España estalló la crisis. Me pude beneficiar de condiciones mejores que las que reciben los que han llegado aquí en los últimos años”, relata Luis al portal español El Mundo.

Aquella noche, Luis tenía una cena de bienvenida nupcial. Se casaba un empresario español con una mexicana de acaudalada familia, y la cita fue en un famoso hotel de cinco estrellas, custodiado por fuertes medidas de seguridad en la puerta. 

“Yo estaba agotado de las 14 horas de viaje, del jet lag, y decidí marcharme antes para estar fresco para la boda del día siguiente. Salí solo del hotel pasada la medianoche y cuando iba hacia mi vehículo, noté un golpe con un codo en mi espalda y una patada con una bota de acero en mi tobillo. Me dejaron indefenso.

“Eran dos jóvenes con la cara descubierta -continúa. Iban armados. Me tiraron al suelo frente a los vigilantes del hotel y apliqué el consejo que aprendí en Venezuela en los cursos de protección que recibí cuando trabajé allí. Cuando eres víctima de un secuestro, siempre cierra los ojos, no les mires a la cara, pon la cabeza contra el suelo y estate tranquilo. Tienen que ver que no corren riesgo de ser identificados. Sabiendo eso, tus posibilidades de sobrevivir son altas”, dice.

A Luis lo metieron en un coche ante la impasible mirada de los vigilantes de seguridad del hotel. “Iban armados, pero el hotel prefiere que no haya allí un tiroteo ni que los delincuentes tomen represalias contra ellos”, subraya.

El 1.90 de estatura del directivo gallego no fue un problema para que los secuestradores entendiesen que el lugar que tenía que ocupar era el suelo de la parte de atrás del vehículo.

“Me tiraron ahí, me doblaron mi espalda y me pusieron la bota encima de la cabeza. Me jodieron vivo porque tenía una hernia discal y a consecuencia de aquello me la profundizaron; tengo que nadar todos los días para recuperarme. No era un coche espacioso, no sé cómo me metieron ahí durante tanto tiempo. No me llegaron a maniatar como hicieron con María”.

 

“Pinche cabrón, te vamos a matar”

Luis aún recuerda la primera frase que le dedicaron sus captores con un marcado acento mexicano. “Pinche cabrón, te vamos a matar”, le vociferaron. Los frenazos y los derrapes de un vehículo que circulaba a 150 km/h provocaban que Luis se chocara continuamente contra el metal de los asientos delanteros. Su cabeza era como el neumático de un coche de choque. Pasaron 15 minutos y a Luis le pidieron el pasaporte, las claves de su iPhone y las contraseñas de las tarjetas de crédito para vaciarle sus cuentas. 

“Al principio pensé que mi secuestro era selectivo. Trabajo en una gran compañía y existen bandas de secuestradores que hacen seguimientos. Yo era muy apetecible. Cuando me pidieron la documentación y vieron que era español noté que comenzaban a discutir. Pensaban que era venezolano por el acento que se me había pegado tras tres años allí.

“Con los europeos y americanos se lo piensan mucho más. Con los mexicanos y latinos se ensañan, pero los delincuentes saben que si le hacen algo malo a un extranjero tendrá una repercusión brutal y el Gobierno pondrá todos los medios para perseguirlos, como ahora por lo de María”.

El reloj marcaba la una de la madrugada y los cuatro secuestradores se enzarzaron en una acalorada discusión. “Yo tengo problemas de audición y era incapaz de apreciar lo que decía. Además, el mexicano que usaban era el más popular, con expresiones que ni entiendo”, recuerda.

“Uno de ellos comenzó a registrarle el bolsillo y vio que apenas llevaba 6 mil pesos (270 euros). “Comenzó a patearme el cuerpo y yo lloraba como un niño chico. Pero cuanto más lloraba más fuerte me pegaba”, cuenta.

Después de dos horas y conforme se alejaban del epicentro de la ciudad, los secuestradores se relajaron. Fue entonces cuando Luis quiso hablar con ellos. Sin mirarles a los ojos. Con sus labios besando una alfombrilla llena de polvo. “Les dije que les daría lo que ellos me pidiesen. Yo tenía claro que haría todo lo que me dijesen. 

 

La negociación

Luis les comentó que su compañía no tendría problemas en pagar su rescate y que jamás contaría nada a nadie. Ni a la policía. Ni a su madre. Palabra que sólo rompió cuando informó de su secuestro al Consulado español. Le pidieron discreción. Al igual que en su empresa. La víctima aclara que son las multinacionales las que suelen mediar, además de los familiares, con los captores. Tienen equipos preparados para ello que trabajan en colaboración con las autoridades mexicanas.

De su negociación -y del precio de salvar su vida- el español no da detalles. Él fue tirado cuatro horas después de ser secuestrado en un poblado a 100 kilómetros de donde había sido secuestrado en la Ciudad de México. Sin un peso en la cartera, con el cuerpo y el rostro ensangrentados.

“No podía articular palabra del miedo que pasé. Me sentía impotente, frustrado, como si me hubiesen violado. Fue tan duro que mi mente incluso es incapaz de recordar algunos momentos. Es un recuerdo nebuloso”, dice.

De rodillas y llorando, Luis vio cómo se aproximaba un hombre encapuchado entre la oscuridad. Iba en bicicleta. “Me acojoné. Tenía el pantalón mojado de orina y pensé que ya me daría la puntilla, pero gracias a Dios no fue así. Esta persona me llevó a un barrio residencial donde pude hablar con un vigilante de seguridad.

“Le dije que quería informar de mi situación a la policía y me dijo que ni se me ocurriese. Que algunos agentes estaban coludidos con bandas de secuestradores, y que si se enteraban de que había denunciado mi situación iban a ir a por mí sin piedad. El vigilante me gestionó un taxi. Llegué a casa y quise ponerlo en conocimiento del Consulado.

Mi caso nunca trascendió. Hay muchos intereses en juego. A ninguna empresa española instalada en México le interesa que este tipo de secuestros se aireen porque a ver quién convence a los directivos de que vayan a México, y los que están ya allí pedirían más emolumentos.

Al final lo que le ha ocurrido a María va a provocar que las compañías extremen las cautelas y mejoren las condiciones de sus trabajadores. También los que curran aquí van a extremar precauciones. Si a mí me ocurrió aquello fue porque me relajé, porque perdí la consciencia del riesgo y eso en un país como México no se puede hacer”, puntualizó el directivo.

 

 

Related Post

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *