Derecho, política y Trump: vigencia de la Doctrina Estrada

José Ramón González COLUMNISTAS

Sobre todo en las últimas décadas el mundo ha cambiado de manera radical, pero sin lugar a dudas la llegada de Donald Trump al Ejecutivo Norteamericano y su visión y postura -que más bien es la de sus patrocinadores y los millones de norteamericanos de votaron por él- están provocando cambios drásticos en los escenarios político, jurídico y económico del mundo.
Ante esta situación y algunas previas como el viraje de la Constitución Federal y las locales hacia los derechos humanos (concepto filosófico), la participación de México en el Consejo de Seguridad de la ONU (concepto político), la globalización misma (concepto económico) con todos sus significados, conocidos o supuestos, han hecho pensar a algunos en que ha llegado la hora mortal de la tan famosa pero tan poco conocida y menos comprendida “Doctrina Estrada”. Desde mi muy humilde punto de vista todo parece indicar que ante el regreso de las actitudes petulantes y de intolerancia, esta aportación de México al Derecho y las relaciones internacionales en el mundo  es más vigente que nunca.
Esta Doctrina es llamada así por el apellido de su autor, Don Genaro Estrada quien fungió como Secretario de Relaciones Exteriores en pleno inicio de postrevolución, época tan difícil no solo en términos sociales, económicos y políticos, sino también jurídicos.
Baste recordar el escenario de las décadas de los años 10 y 20 del siglo pasado: el asesinato del Presidente Madero y el Vicepresidente Pino Suárez; el arribo ilegítimo al poder de Victoriano Huerta; la invasión norteamericana; la consecuente ruptura del orden constitucional que no hubo de restaurarse formalmente sino hasta la promulgación de la Constitución en 1917 que por cierto el gobierno de Estados Unidos en ese momento no reconoció; en el fondo, la prevalencia de la ambición por el poder de grupos y facciones que atomizaron la vida política con más de un centenar de partidos y movimientos de todos los colores; los magnicidios a la orden del día; la Primera Guerra Mundial y sus secuelas de toda índole; la intromisión cínica y prepotente de los Estados Unidos en los asuntos de México.
Ante todo este panorama, los postulados emitidos el 27 de septiembre de 1930 (conmemorando la fecha de consumación de la Independencia Mexicana) por el Canciller Estrada constituyeron un gran aporte para el régimen constitucional y la diplomacia de la flamante Comunidad de Naciones en un momento en el que era imprescindible hacer diplomacia como una forma de garantizar la prevalencia del Estado de Derecho ante la anarquía interna y externa.
Gracias a este contexto puede entenderse el gran valor de principios como la Libre Determinación de los Pueblos en ejercicio de su soberanía interior y su consecuencia obligada: la No Intervención en los Asuntos Internos de los Estados como premisa fundamental para un ejercicio armónico de su soberanía exterior.
Por ende, se entiende el rechazo de México a los “reconocimientos”, certificaciones o calificaciones externos de un estado a otro, a los que considera una práctica denigrante y que hiere la soberanía interior; y por consecuencia también la reserva del derecho del Estado Mexicano a nombrar y mantener a los miembros del cuerpo diplomático y aceptar a los de otros países sin calificar el derecho que tengan al ejercicio de su autodeterminación.
Es una actitud generalizada en nuestra sociedad y difundida en todos los medios ante las majaderías y brabuconadas de Trump, colocarse en la postura de que no hay más que hacer que pagarle con la misma moneda: intolerancia por intolerancia; proteccionismos ante proteccionismos, racismos contra racismos. Nada más equivocado; es como querer extinguir el fuego con gasolina y nada más contrario a la tan invocada Doctrina Estrada que como país emisor el nuestro es el primer obligado a acatar.
Le guste o no a muchos, México goza de un importante posicionamiento en el ámbito internacional y ante el escenario de reto y desafío que implica la situación actual de las relaciones políticas y económicas entre ambos países, en la región latinoamericana y mundial, las actitudes y acciones de Trump y de quienes por supuesto están atrás de él y a su lado, colocan a nuestro país en una posición estratégica de oportunidad para reforzar su postura en términos de derecho y política internacionales; para reconstruir sus relaciones con América Latina, Europa, China y el sureste asiático; para trabajar por la reconciliación social y la legitimidad del gobierno.
Hay indicios de que el presidente Peña Nieto por fin ha entendido y está tratando de aplicar esta postura, lo que por consecuencia deberá derivar en una recomposición táctica y estratégica de su plan de gobierno para este poco más de un año que le queda.
Por su parte, los aspirantes a relevarlo tendrán que ofrecer un nuevo discurso que por fuerza deberá alejarse de la ya tan trillada diatriba para convocar a la unidad nacional, a la vez que para mantener e impulsar la visión global de apertura y de concordia internacional bajo los principios constitucionales y mundiales de la Doctrina Estrada.

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