El capricho paradójico del placer

Elvia Ortíz COLUMNISTAS

En el paso tranquilo y constante del Río Sabi, a través de la Selva del Kruger, situado en la reserva de “Lions Sands” bajo la sombra generosa de sus añejos y frondosos árboles, con el relajante sonido de las aves africanas, puedes sentir el llamado salvaje de la naturaleza…

De pronto un hipopótamo sale del río y un par de impalas se acercan tímidos a degustar las frescas hojas de los arbustos ribereños, floridos e hinchados de verdor por las lluvias previas al invierno en la jungla.

Es media mañana y sólo el aleteo de las mariposas perturba la absoluta quietud del paisaje, quién fuera hoja para flotar sobre la suave corriente del río, dejándose acariciar por la brisa húmeda y cálida del ambiente.

El contraste maravilloso del refinamiento europeo y el África salvaje se mezclan de forma exquisita, combinando lo delicioso con lo inusitado; justo sobre la rivera del Sabi, en un almuerzo salpicado de mimosas, frutos secos, crepas parisien y quesos surtidos; servidos con la elegancia inglesa de un “butler” mientras los ágiles y experimentados “rangers” cuidan la seguridad de los selectos comensales.

El capricho de lo ecléctico deleita todos los sentidos, la paradoja que lleva lo irreal al plano de lo posible, en vez de la lógica común, que dicta saciar la sed con el agua del río usando las propias manos y comer algún fruto o raíz terregosa; tenemos la copa flauta burbujeante de champagne y jugo fresco, acompañada de los más delicados manjares; cuán seductora resulta en este entorno.

La oferta paradójica del Safari que pone al alcance la oportunidad de apreciar las más peligrosas bestias, básicamente sin peligro alguno; claro, para eso están los ya mencionados “rangers” con sus rifles cargados de balas largas y su adiestramiento impecable, que les dicta salvaguardar la vida animal, hasta el punto donde el ataque inminente a la vida humana, hace que ésta cobre prioridad.

Adentrarte en el entorno natural salvaje, sin prescindir del glamour de la comodidad; se convierte en el más sofisticado de los lujos, porque desconcierta los sentidos, haciendo mayor la sensación de complacencia. El África es un destino indómito y abierto, cuyos horizontes salvajes y la quietud de sus sábanas, contrasta con la increíble mimetización de su fauna y el acecho constante de los predadores, que no permiten un reposo prolongado a sus habitantes, so pena de perder la vida, presa de una cacería. La ley de la supervivencia en su máxima expresión; que exalta nuestros instintos y nos hace regresar a lo más básico.

Es justo ahí, en el punto de sensación básica del ser humano, donde los placeres de la modernidad cobran un valor superlativo; cuando bañarse desnudo frente al río, con el cielo y los árboles por techo, viendo a un mico pasar por encima, te hace sentirte parte el entorno… a la vez que disfrutas de un gel de baño aromático con el chorro abundante de agua tibia y purificada; con la certeza de que estás seguro, aun cuando paradójicamente, eres sumamente vulnerable.

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