La belleza de la fugacidad

Elvia Ortíz COLUMNISTAS Elvia Ortíz

¿Qué prefieres, una rosa artificial o una rosa natural? La artificial puede ser de cristal, oro, porcelana, papel, tú eliges el material…  Sin embargo, creo adivinar, que la mayoría optaríamos por la rosa natural, esto es porque como bien apuntaba el emperador romano Marco Aurelio, llamado “El Filósofo”, en su libro Soliloquios, la naturaleza  es simplemente ¡Perfecta!

Ni el más experimentado artesano o el más avezado arquitecto podrían lograr la perfección maravillosa que brota de un capullo en flor.

Lo que hace aún más preciada y perfecta esta obra de la naturaleza es su exclusividad, ya que cada hoja, cada planta, cada grillo, cada piedra son únicas y originales; podríamos poner a cinco cachorros de la misma camada y comprobar asombrados que ninguno es idéntico al otro; justamente así de única e irrepetible es la naturaleza.

Pero más allá de la perfección y la exclusividad, tenemos la magia inapreciable de la fugacidad, como la rosa que hoy florece radiante y mañana morirá sin remedio, y es precisamente este hecho lo que la hace aún más bella y apreciada.

 La sucesión precisa del mecanismo de la reproducción, crecimiento y evolución son admirables; no eres el mismo, no ves las cosas igual ni amas igual a los 15 años, que a los 25 o a los 40 y menos a los 60. Cada día cambiamos, crecemos evolucionamos sin darnos cuenta, porque para notar ese tipo de diferencias harían falta varios milenios, pero es un hecho irrefutable que los seres vivos cambiamos a cada instante, que el mismo mundo cambia y se regenera constantemente.

El hecho del movimiento de traslación y rotación del planeta en el universo genera un polvo cósmico imperceptible al ojo humano, pero que al paso de los siglos entierra edificaciones y ciudades enteras. Así es nuestro mundo y así somos nosotros, cambiantes a cada minuto y en contraposición permanentes en principios y valores. Nunca seremos más hermosos o más alegres o más dichosos que en este momento; posiblemente vendrán otros momentos, pero el hoy, el aquí y el ahora no se repetirán.

Es por eso que la vida es tan preciada, porque es efímera. Confiamos en que amaneceremos otro día, pero no tenemos la certeza y eso justamente es los invaluable de cada momento, el apretón de manos que nos da un amigo, el abrazo cariñoso de un padre a su hijo, la calidez de la pasión de dos enamorados, el vestido de la novia, la fiesta de 15 años; todos ellos momentos,  partes de nuestra existencia que se van archivando en nuestro bagaje personal.

Dicen que la felicidad es un instante… El curso que se imparte en la Universidad de Harvard sobre cómo lograr la felicidad hace estas consideraciones; podemos hablar de momentos felices, más no exactamente de una vida enteramente feliz. Si logramos en el conteo de los momentos de nuestra existencia sumar más momentos felices que momentos de ira, desesperación, enojo o tristeza, habremos logrado tener una vida feliz.

Si cada día nos levantamos con una actitud positiva, dejándonos seducir por la belleza del amanecer, el sabor del café o la delicadeza de una flor, estaremos sumando momentos felices a nuestra vida, si buscamos más soluciones y nos olvidamos de las culpas, si nos focalizamos en el aprendizaje y no en el error, si trabajamos con alegría buscando solaz y recreación en las cosas más simples; habremos iniciado el camino de una vida feliz, donde cada día nos sintamos tan satisfechos de nuestros actos y tan amados por aquellos a quienes amamos, que estemos  listos para partir contentos.

Entonces, sin importar lo fugaz que pueda ser nuestra vida, ¡habrá valido la pena!

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