Memecracia y cultura política

José Ramón González COLUMNISTAS José Ramón Gonzalez Chavez

Cada ocasión que surge un evento de alto impacto mediático, surge de inmediato un meme, versión recargada del grafiti político y social. Pero poco pensamos en sus orígenes, su naturaleza y características, sus creadores y sus objetivos y más aún sobre los efectos que pudiera tener sobre la cultura política y la estructura social.

El meme es una forma de comunicación directa que se sostiene en hechos o personajes muy conocidos, compuesta de un gráfico al que se le añade una o dos frases cargadas de supuesto humor, ironía, ridículo y descrédito sin fundamento, llevando a la deslegitimación la y debilitación de la imagen del personaje o la institución, o bien a la minimización de un hecho sobre un tema común, cotidiano o solemne.

La palabra Meme viene del griego Mimema, que puede traducirse como “algo que se reproduce, que se imita”.

Específicamente en lo que se refiere a los memes políticos, se tiene la idea que estos se crean de forma espontánea por personas –siempre anónimas- que escudados en una interpretación seudo existencialista de la libertad de expresión y una supuesta e inofensiva superficialidad comunicativa de los mensajes, gracias a su creatividad, imaginación y ocurrencia comentan de manera jocosa o ingeniosa (aunque destructiva y nunca propositiva) algún hecho o dicho (o supuestamente dicho) por un actor político.

Sin embargo, la publicación de memes está lejos de tener un surgimiento espontáneo y menos un objetivo inocuo; muchos de ellos son generados en despachos y empresas consultoras de comunicación mediática y política para atacar o proteger a alguien o a algo, según la expectativa del cliente.

Hay quienes consideran que el meme actual es una interpretación descafeinada de la Teoría y la Filosofía del Absurdo, base del Existencialismo, corriente filosófica que tiene entre sus exponentes más distinguidos a personajes como Simone de Beauvoir, Jean Paul Sartre, Soren Kierkegard, Albert Camus, Franz Kafka. Bajo este modelo, el Zoon Politikon de Aristóteles se extingue para dar paso a la existencia humana a partir ya no de la sociedad sino del individuo, esto es: ante una realidad tan irracional, lo que importa es lo que yo piense, lo subjetivo, no lo objetivo, lo que dice el establishment que es lo política o socialmente correcto.

Sin perjuicio de lo anterior, el concepto actual de Meme tiene sus orígenes en la Teoría desarrollada por el genetista Richard Dawkins en 1976 (vid. “El Gen Egoísta”) donde sostiene que se trata de unidades de información cultural que tienden a crearse, evolucionar y extenderse de forma similar a los genes pero ya no en el patrimonio genético, sino en el medio social y que tienen un impacto neto en las neuronas espejo, fijando conductas o comportamientos ligados a su significado y contenido, similar al efecto del símbolo aunque con mayor contundencia por lo específico de su mensaje, en el cerebro, la conciencia y la cultura

Con ello, el meme se liga indefectiblemente a la reciente neurociencia social, bajo cuya óptica una de sus grandes fortalezas consiste en que sus contenidos sobreviven en la memoria para luego reproducirse (mimetizarse) en conductas o actitudes correlativas de forma individual y luego colectiva.

“Casualmente” los memes tal como los conocemos ahora surgieron casi de manera sincrónica con las redes sociales virtuales, lo cual es muy reciente teniendo en cuenta que Facebook se fundó en 2004 y la primera representación de la compañía en México se abrió en 2008.

Al inicio, los mensajes trataban sobre temas de poca relevancia, pero de forma paulatina y rápida han ido subiendo de intensidad, ubicándose ahora la mayor parte de ellos en el tema político, específicamente en la imagen pública de candidatos, gobernantes e instituciones.

En este orden de ideas, quienes “compran” el meme piensan que al mimetizarlo dándole like, reproduciéndolo y/o compartiéndolo ya con eso participan en democracia, cuando lo que hacen es justamente lo contrario: al repetir como pericos lo dicho por quién sabe quién, al negar el argumento, dejan de pensar por sí mismos, de reflexionar sobre el fondo de los problemas y pensar en soluciones, y con ello cierran la posibilidad a todo debate constructivo, alimentando de manera endémica el subdesarrollo democrático y social.

Cualquier declaración, comentario o incluso una sola frase o palabra puede de un actor político ser sujeto de un meme que de inmediato lo sumerge en el absurdo y lo desacredita sin necesidad de una mínima reflexión razonada sobre el fondo del asunto, volviéndose más viral en la medida de su ingenio, gracia o capacidad de humillación.

En la guerra de los memes, los anónimos memeideólogos y sus seguidores los memécratas –unos ingenuos y más identificables, otros virtuales y etéreos parte del negocio-, desacreditan al candidato o al gobernante sin importar que para ello se empleen infundios (aseveraciones sin fundamento), falacias (mentiras disfrazadas de verdad), alusiones inclusive a la complexión, la capacidad intelectual, la etnia, la imagen física; y los sujetos pasivos del meme sin saber todavía cómo reaccionar ante el ataque mediático viral, no han encontrado mejor opción que también desacreditar –por desgracia también en la mayoría de los casos, sin argumentos- todo lo que digan sus detractores

Esa desacreditación mutua sin contenido, rompe con las reglas más elementales de la argumentación, herramienta de comunicación que desde la época de los griegos es base de la participación y el desarrollo democrático, anulando cualquier posibilidad de debate razonado, con lo que en muchos casos un infundio, falacia o comentario denigrante, compartidos o retwiteados miles o cientos de miles de veces se convierte en “verdades” del mundo virtual.

Así, el ingenio gracioso, humillante, incapaz de tolerar, sustituye a la reflexión seria, profunda, constructiva, de los problemas de la democracia y del gobierno, sus mecanismos de acción y operadores, metiéndonos a todos en un contexto de frivolidad pasmosa, que lo único que produce aparte del denuesto del personaje afectado, es el debilitamiento de las instituciones políticas y sociales y el empoderamiento de una comunidad política ciega, sorda y muda, ignorante, incapaz de actuar en el terreno del debate real de ideas y en los hechos pero muy corrosiva en términos mediáticos.

Esto, sumado al miedo a contestar por parte del atacado convertido ya a sí mismo en un meme, con el fin según él de “no hacer el asunto más grande”, dada su incapacidad técnica para responder con argumentos al menos con las mismas armas de su oponente, no hace más que debilitar a la democracia y a la gobernanza como instituciones políticas fundamentales del Estado constitucional, y convertir los asuntos de la politeia (lo que nos incumbe a todos) en temas de espectáculo en los medios, lo cual sobra decir que para todos resulta algo muy delicado, pues con todo esto el concepto de democracia es trastocado desde sus raíces y su significado y trascendencia para la vida social se debilitan estrepitosamente en la misma medida en que el meme avanza ya ahora convertido en una forma de “aculturación” política.

De hecho, vemos que diversas encuestas aplicadas recientemente reflejan que para la mayoría de los jóvenes usuarios de redes sociales, es preferible un gobierno y un gobernante autoritarios que postule soluciones acordes con la memecracia, o bien que les da lo mismo de tener uno de ese tipo que uno resultante de una elección democrática, institución para ellos deslegitimada, anacrónica e inútil.

¿Qué hacer ante tal estado de cosas? Vaya pregunta más compleja, pues intentar responderla implica abordar la problemática desde sus múltiples y diferentes aristas. Sin embargo una de ellas, sin duda, es la necesidad de estar alertas, ser más cautelosos, menos ingenuos, más perspicaces. Algunos buscadores en Internet como Google ofrecen la posibilidad de rastrear la cadena comunicativa de los originadores de los memes y sus replicadores. Una exploración acuciosa de estos procesos podría llevarnos a interesantes sorpresas.

 

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