Motivación y socialismo

Elvia Ortíz COLUMNISTAS

Cuando tenemos 20 años, queremos ser socialistas, claro, no tenemos nada y la expectativa “Todo es de todos” resulta muy atractiva; al paso de los años cuando el trabajo arduo, los esfuerzos y sacrificios te han merecido un patrimonio; resulta que aquellos vientos rojos ya no parecen tan sensatos.

Las personas son un recurso “Sui Generis” para las empresas, pues sin importar el emolumento que reciban, el desempeño de su labor está dictado por la propia voluntad del individuo, si se siente motivado y agradecido con la empresa, si su ambiente laborar es agradable y sus planes personales se están realizando con su trabajo, dará su 100% o hasta más; en caso contrario será un lastre para ambos, empleado y empleador se sumirán en un rutina improductiva y tediosa.

Los sistemas socialistas probaron su ineficacia, al neutralizar las aspiraciones de las personas y aniquilar el principio básico de la naturaleza humana, “Cada persona es única e irrepetible”. Por ello si “Todos somos iguales” y “Todo es de todos” se pierde esa motivación necesaria, esa ilusión esencial que te hace trabajar para comprarte aquel vestido o aquel coche, para darle una casa a tus padres o enviar a tus hijos a aquel colegio tan prestigiado. Si la remuneración es la misma para todos ¿qué caso tiene esforzarse? Si todos vestiremos siempre de gris y usaremos zapatos de trabajo, si no podemos obtener aquello que anhelamos… ¿Para qué echarle ganas a lo que hacemos? El trabajo se realiza por miedo e imposición, sin importar si te gusta o no, si tienes aptitudes o habilidades natas para realizarlo.

Un ejemplo algo divertido sería la película de Disney-Pixar Monsters Inc. Donde las risas redoblan la producción del llanto y el miedo, sin mayor problema; y la productividad se da de natural en base a la alegría que experimentan los trabajadores al realizar su trabajo. ¡Hacer lo que me gusta y que me paguen por ello es simplemente grandioso! Quizás este principio capitalista no sea tan sencillo de implementar en algunos estadíos de la vida laboral, pero cuando logran converger gusto y ocupación, son un verdadero éxito.

Muchas veces los absolutos encarnan anonimato y ambigüedad, de tal modo que si “Todo es de todos” implica en la lógica que “Nada es de nadie”; entonces ¿Para qué cuidarlo? ¿Para qué respetarlo? ¿Para qué embellecerlo? Podemos notar en las culturas de los diferentes países, el paso de los años de socialismo, que han dejado conglomerados habitacionales cargados de pragmatismo y tristeza, edificios austeros y mancillados por la falta de interés y descontento social.

Cuando algo es tuyo, lo cuidas, lo procuras, especialmente si te costó trabajo obtenerlo; mientras más anhelas algo, más importante se hace en tu conciencia el reto de conseguirlo; que catapulta tus capacidades y te lleva a desarrollar tus habilidades, incluso a terrenos que hacer salir talentos dormidos o insospechados. Más aún cuando has obtenido aquel sueño, disfrutas cada día el usarlo y constituye un orgullo y beneplácito personal saber que lo tienes.

Como los grandes monumentos y edificios que embellecen una ciudad y la convierten en el orgullo de sus habitantes, se vuelven un logro, un legado y parte de su historia, elevan los sentimientos más profundos y llenan de inspiración a quienes lo contemplan; quizás podrá haber hambre y frío, pero París no sería el mismo sin la Torre Eifel…

El cliché “Lucha por lo que quieres”, en el fondo encierra la propia naturaleza humana, el poder de la mente y la voluntad unidas para lograr un mismo fin. No desfallezcas ante los obstáculos, quizás el camino que ahora sigues no sea el más adecuado, pero existen otras sendas, existen otros medios; busca en tu interior y analiza tu exterior, encuentra tu meta y acaríciala; motívate a ti mismo y llena tu vida de ilusiones que te hagan volar. Así, sin importar las circunstancias alcanzarás la plenitud.

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