Pensamos que Dios perdona siempre. Sabemos que el hombre perdona a veces… La Naturaleza, ¡nunca!

Así es. Parece rígido pero es contundente, tira una colilla encendida en las hojas secas y arderán, deja sin agua una planta, y morirá, córtate una mano, y no crecerá otra. La naturaleza es absoluta, exige que asumas las consecuencias de tus actos, pero aun así es maravillosa, porque es constante, repite los mismos ciclos, es segura porque siempre se apega a sus propias leyes; no nos dormimos preocupados con la incertidumbre de si saldrá o no, el sol por la mañana, no estamos agobiados pensando que el cielo pudiera caérsenos encima o porque la Tierra pierda su inercia gravitacional; son hechos absolutos y sostenidos.

Cuántos problemas nos ahorraríamos si siguiéramos las enseñanzas profundas del devenir natural, si aceptáramos de buen grado las consecuencias de nuestros actos, si actuáramos con la misma objetividad en cada ocasión.

La peor guía es la incertidumbre, porque encarna el miedo que nos paraliza y afecta nuestro juicio para razonar adecuadamente, los hijos se sienten perdidos ante unos padres que en ocasiones son complacientes y después ante la misma situación se comportan intolerantes, los jóvenes pierden la cordura cuando no tienen límites y nadie los obliga a cargar con las consecuencias de sus actos.

Un padre puede pedirle a su hijo que no conduzca ebrio, y podrá regañarlo si lo hace. Sin embargo, sí tiene un accidente que afecte su vitalidad, la naturaleza no le perdonará la vida, exigirá el pago de las consecuencias de sus actos… ¿Crudo? Sí, pero absoluto.

La naturaleza se renueva a cada momento, los seres evolucionan y mejoran, también nosotros podemos hacerlo, ¡debemos hacerlo! so pena de quedar obsoletos; un músculo que no se ejercita se atrofia, un ser vivo sin oxígeno muere; simple lógica, simple reacción causa efecto.

Cuan sabia la naturaleza, cuan simples sus reglas, que día a día nos regalan la oportunidad de imitar su lógica y vivir de forma sencilla y feliz nuestra existencia.