Así es, nadie queremos equivocarnos. Cuando tomamos una decisión lo hacemos con base al conocimiento e información de que disponemos en ese momento, nuestro estado emocional y las circunstancias que nos rodean, de tal manera que siempre buscamos ser lo más acertados en la decisión que tomamos.

Por ello no debemos agobiarnos pensando que nos equivocamos al tomar tal o cual decisión, porque necesariamente elegimos aquello que en su momento pensamos que era lo mejor, el ser humano no busca cometer errores intencionalmente; quizás incurra en ellos, pero lo hace pensando que era lo que más convenía hacer en ese momento o ante esa situación.

¿Qué podemos hacer entonces para que nuestras decisiones sean lo más acertadas y asertivas posible? Allegarnos la mejor y más completa información que esté a nuestro alcance, respecto del tema de que trate la decisión que vayamos a tomar, recordemos que mientras mayor sea nuestro conocimiento en general, mejores serán nuestras decisiones. Aprendamos a controlar y a atemperar nuestros estados anímicos, conozcamos nuestras emociones y no permitamos que el miedo, la vergüenza o el orgullo incidan en las decisiones que tomemos.

Otro factor que afecta nuestras decisiones, es la educación recibida, los introyectos  y paradigmas que nos fueron heredados, así como el inconsciente colectivo que compartimos –¿Por qué los balleneros cazaron a esos “monstruos marinos” casi hasta la extinción? ¿Cómo una “niña bien” va a dejar al esposo millonario, aunque éste la parta a golpes? ¿Cómo un joven va a renunciar a un trabajo “exitoso” que lo ahoga, por dedicarse a lo que realmente le apasiona? ¿Por qué una pareja que se detesta, sigue descarnándose, como si hubieran sido creados para vivir en el infierno?…

¡Cuántas decisiones motivadas por el “qué dirán”! Por prejuicios sociales o religiosos, decisiones tomadas más con el “deber ser” que con el ser; decisiones que dictan las conveniencias económicas y la comodidad, el temor a luchar, a lo desconocido o a volver a empezar. Sepamos mediar entre el sentir y el pensar, para que en nuestras decisiones  confluyan la luz de la razón y la sabiduría del corazón.

Afrontemos las circunstancias con una actitud serena y positiva, sin apresurar las decisiones ni las acciones, como dijera el adagio atribuido a Napoleón Bonaparte – ¡Vestidme despacio, que voy de prisa!—Mientras más tranquilos estemos al tomar una decisión, mejor oxigenadas estarán nuestras neuronas, permitiendo una sinapsis cerebral fluida y copiosa; respiremos de forma profunda y pausada, eso traerá una mejor disposición neuronal.

Tomemos conciencia de que aquellas decisiones que tomaron nuestros padres, e incluso las que hoy nosotros tomamos como padres, fueron y son motivadas, en general, por el amor, en aras de buscar lo mejor para nuestros seres amados, por ello aunque pudieran considerarse por otros o por nosotros mismos como erróneas, fueron las mejores decisiones que pudimos tomar de acuerdo a la educación que recibimos y al momento que estábamos viviendo.