El Nobel de Literatura a Bob Dylan y las normas ¿Qué hay detrás?

José Ramón González COLUMNISTAS José Ramón Gonzalez Chavez

 

 

Recientemente fuimos enterados por un escueto video y boletín de circulación global sobre la designación del músico Bob Dylan (Robert Allen Zimmerman) como ganador del premio Nobel de literatura de este año. La controversia que ha generado, mueve a reflexionar sobre las razones de esa elección y su congruencia con las normas que regulan la asignación de estos premios desde que se creó la Fundación Nobel hace 116 años.

Ante todo, se entiende que un premio de literatura debería otorgarse a un miembro del gremio, practicante de alguno o varios géneros literarios; y así había sido hasta ahora, entregándose por lo general a novelistas, poco a poetas, menos a cuentistas y ensayistas, pero nunca a un músico. Lo cual a primera vista pareciera incongruente, fuera de toda lógica, tanto más cuanto que Dylan –según las entrevistas que le han hecho y he tenido oportunidad de leer- nunca se ha reconocido a sí mismo como literato.

La elección de un nobel de literatura se realiza con base en la composición y el trabajo del galardonado, con estricto apego a normas de carácter tradicional (en los países anglosajones la costumbre es la fuente primordial del Derecho, a diferencia de los países de cultura jurídica romano germánica, donde la legislación es la más relevante) aún más antiguas que la propia Academia Sueca de la Lengua, Institución erigida por el Rey Gustavo III el 20 de marzo de 1786 bajo la divisa “Talento y Gusto”, compuesta de 18 miembros, nombrados de por vida por el Rey y que estando encargada de velar por la preservación de la lengua sueca (!!!) participa de forma sustancial en la determinación del elegido al Nobel de cada año.

El promedio de edad de los integrantes de la Academia de la Lengua Sueca es de más de 72 años, de 98 años del más anciano hasta 52 años de la más joven; de casi cuatro décadas de pertenecer a ella el más antiguo, a 5 años de haber ingresado el mas reciente. No obstante que ese promedio de edad es algo menor a los 75 años que tiene Dylan, dudo mucho que en su devenir como garantes de la pureza del idioma sueco los integrantes de esta Academia hayan tenido –al menos la mayoría de ellos- contacto con la obra letrística de Dylan (menos a su obra musical, el mismo Dylan  admitido desde siempre que no podía esperar que sus canciones las llegara ya no entender, a escuchar, alguien de 70 o 90 años) y que la mayoría de ellos llegara a considerar que dicha obra se apegara a los tan rigurosos y tradicionales parámetros de selección del ganador del premio.

Por otra parte, el trabajo de selección de los 5 finalistas de los que se escogerá al ganador, es realizado por los cinco miembros del Comité Nobel, también nombrado por el Rey, que duran en su encargo tres años.

Del mismo modo que en el caso de la Academia, resaltan las edades de los miembros del Comité, que en promedio anda en 63 años, la mitad de ellos rayando en los ochentas y de quienes al igual que aquellos, dudo que hayan tenido el menor interés de conocer, comprender y valorar en su caso el contenido literario de las canciones de Dylan

Habría que preguntárselos y también preguntarles qué motivo profundo e iluminado los llevó a tomar la determinación de darle al cantautor el premio nobel de literatura, aunque de antemano sabremos que no dirán nada, porque por norma – otro dato digno de considerar- tienen prohibido revelar durante 50 años información sobre las deliberaciones para la designación. Pero de entrada e independientemente del os argumentos que pudieran esgrimir, parece tan contradictorio como otorgarle un Grammy a Herman Hesse porque “le gustaba la música y lo que escribía se describe por el jurado como música para sus oídos”.

¿Cómo pensar factible que más de 600 instituciones de literatura postularan mayoritariamente como prospecto al Nobel a Bob Dylan antes que a otros artistas que han dedicado su vida a las letras?

¿Cómo fue que los miembros del jurado se soplaron toda la obra de Dylan y de los demás postulados por esos 700 invitados a proponer candidatos, y la mayoría de ellos voto por Dylan para recibir el Nobel de este año, tal como marca la normativa aplicable?

¿Qué hay detrás de todo esto que resulta ser toda una falacia, es decir una mentira disfrazada de verdad; una incoherencia arropada bajo el manto de la verdad de las normas y procedimientos de selección tanto del propio Comité Nobel y la Academia como de la monarquía sueca?

Una línea de investigación interesante es un hecho que hasta el momento se mantiene como un secreto a voces: Desde inicios de los 1990s un grupo de investigadores del Instituto Karolinska, equivalente de la academia sueca para otorgar el premio nobel de Medicina, ha venido usando títulos y fragmentos de letras de Bob Dylan en sus artículos, capítulos de libros y editoriales sobre biomedicina y se dice que existe una apuesta entre ellos para ver al momento en que se jubile el primero, quién logra recibir más comentarios a sus artículos, de todo lo cual hay nombres y evidencias tangibles. Incluso uno de ellos –Weitzberg- en una entrevista al diario británico The Guardian en 2014 comentó que “Dylan debería de recibir el premio nobel de literatura”. De tal suerte, la extraña por inusual designación de Dylan acabaría circunscribiéndose al mero capricho de una confraternidad secreta de algunos miembros del jurado encargados de otorgar el nobel médico, lo cual me parece casi obsceno. Con ello no hacen más que reducir el premio nobel a un simple juguete de algunos de sus otorgantes, poniendo de manifiesto una farsa escudada en la norma, con lo que tirarían a la basura por un acto de populismo académico, el prestigio de un galardón construido por más de un siglo.

Por algo será que Bob Dylan no aparece y que el mismo comité Nobel ya se cansó de andarlo buscando. De cualquier forma no sería la primera vez que el modesto cantautor rechazaría asistir para recibir un reconocimiento del casi medio centenar que le han sido conferidos a lo largo de medio siglo de su carrera como músico, ni tampoco la única vez –ni la última por desgracia- que el Derecho o mejor dicho el marco normativo formal se utiliza de manera arbitraria por una camarilla para beneficio o divertimento propio, tal como ha sucedido en muchos de los momentos más oscuros de la historia humana.

 

 

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