PERDÓN, Y ¿YA?

admin POLÍTICA

Por José Ramón González

Yo pensé que eso de pedir perdón era un uso que mucho tiempo atrás mantenían las beatas de los pueblitos alejados de la civilización, dándose golpes de pecho rosario en mano y echándose la culpa de todo; que siglos antes, en la oscura edad media, era algo que hacían los paganos regularmente cuando en las vísperas del carnaval, pedían perdón anticipadamente al creador por los pecados que iban a cometer durante las fiestas, tradición que arrastraban de los griegos y romanos cuando estas celebraciones eran llamadas bacanales o dionisíacas; que más para atrás aun, sucedía en tiempos bíblicos, cuando por ejemplo el Rey de Israel le pidió perdón a David ofreciéndole a Merab como esposa, o que este ya como su sucesor, recibe al profeta Natán y le pide perdón por su adulterio con Betsabé.

Pero ¡qué equivocado estaba!, resulta que a partir del inicio del nuevo milenio pedir perdón ha dejado de ser un acto de constricción personal y es ahora la práctica más progresista e hipermoderna que puede haber; de uso frecuente y lo más público posible por prácticamente todo el mundo, a condición de tener fama y/o fortuna y por supuesto una imagen que proteger en los medios.

El Futbolista Piqué pidió públicamente perdón a la guardia nacional española por su comportamiento al ser detenido; Joseph Blatter pidió perdón por sus travesurillas con los fondos de la FIFA; Pedro Ferriz DeCon también hizo lo propio por todos los medios a su alcance por sus detallitos amorosos; El Presidente de la Volkswagen pidió perdón por la tranza con los equipos anticontaminantes de sus autos que le dejo millones de euros de ganancias; Google pidió perdón a una pareja por confundirla con unos gorilas (creo que los ecologistas preparan ya una demanda por discriminación…). Bueno, hasta después de muerto, por vía espiritista, Michael Jackson le ha pedido perdón a su ex, Lisa Marie Presley y su familia por sus pecadillos cometidos.

Pero esta práctica no se queda solo en las páginas de sociales, deportivas o las revistas del corazón, Hasta personajes más serios de la vida social y política han entrado a esta actividad tan de moda y hasta Chic en la opinión pública occidental. Pareciera ser que pedir perdón es la moda política y social contemporánea, aunque los economistas hagan mutis para hacer tal solicitud quizá porque piensen que nunca se han equivocado.

Los papas, desde Juan Pablo II del año 2000 para acá, ha pedido perdón prácticamente por todo y a nombre de todos sus feligreses, ahora sí que pagando justos por pecadores: a los indígenas americanos por el maltrato a sus tierras y su cultura (se le olvido nombrar a sus cuerpos y almas); a los demás cristianos por las ofensas proferidas; a los judíos por el holocausto; a los refugiados en Europa por la indiferencia de los países de la unión; por los escándalos financieros en el vaticano y la pederastia de sus sacerdotes.

Hasta ahí podría pensarse que se trata de un acto de constricción de tipo moral por parte del comitente, que hace público al mundo quizá para lograr una expiación más efectiva al poner su cabeza en charola de plata ante los medios. Pero, no; al parecer se trata ahora más que de un asunto ético, de un tema de marketing e imagen política con el que algunos brillantes asesores en esos temas piensan, que pueden limpiar la imagen de su cliente y reconstruir su rating a tabla rasa, sea quien sea y sin importar el lugar donde se origine. Lo peor no es que haya quien piense esto y lo venda, sino que haya quien lo crea y se lo compre.

Así, el Presidente Clinton pidió perdón por su affaire con la Lengüiski. Luego, el Rey de España Juan Carlos pidió perdón al mundo por sus aires de cazador furtivo, y luego por sus aires de conquistador ya no de tierras sino de corazones, con la intención de dejar limpio, puro y sin mancha el nombre y honor de la corona, su casa real, su hegemonía y la sucesión de su hijo Felipe al trono, bueno aunque este último jugando el juego del revés, ha pedido a los latinoamericanos que pidan perdón a España por haber masacrado a los inocentes conquistadores españoles (sic). Canadá, el país campeón de las disculpas, ha pedido perdón en múltiples ocasiones en los últimos 40 años, sea quien sea su primer ministro, por los errores de sus gobiernos cometidos contra minorías o inmigrantes, que llegaron a costar vidas. Por si fuera poco y para colmo, el Presidente argentino Macri, se la voló pidiendo perdón al Rey de España por la Independencia de su País. Y la cuenta sigue y sigue…

Pedir perdón es una forma muy respetable de autocrítica, pero en ningún caso basta para saldar las deudas por los daños cometidos a terceros, muchas veces contados en miles o millones. Lo cierto es que independientemente de lo que digan y hagan los metrosexuales asesores de imagen y marketing político y mediático, ninguno de estos perdones apaga el descontento y malestar social por los errores y excesos cometidos, el perdón pedido –que no dado- no es garantía de otorgamiento, ni menos de olvido.

Aquí en México no nos salvamos de los perdones de los gobernantes. El propio Presidente hace unos días se ha arrepentido de alguno de sus errores, aunque a medias y en un fondo vacío y confuso.

La lumpen filosofía del “Ay perdón se me chispoteó” del chavo del ocho, no opera para quienes tienen en sus manos por el mandato popular las realidades y destinos de un país. Hay que definir y convertir en actos concretos las medidas para corregir esos errores, reparar los daños y evitar que se repitan en lo futuro.

Sr. Peña (por que el acto de constricción se hace a título personal, no por el cargo que se desempeña) hay actos consumados, muchos de ellos de consecuencias irreparables. ¿Pedir perdón y ya? ¿Con eso basta? Como decía mi abuelita: el perdón no se pide, se gana.

Hay que demostrar con hechos, no con dichos, que se es digno del mandato y la investidura que se tiene, sea del tipo que sea. La reforma estructural en el tema anti corrupción jurídicamente podrá ya estar vigente, pero en los hechos hay muchas cuentas que saldar, muchas deudas pendientes, de todos los colores. Ahí esperan los casos Parrés y Duarte, solo como botones de muestra, para probar su eficacia no solo jurídica, sino la legitimidad política y social de quien hace las leyes, las ejecuta y las interpreta y aplica al caso concreto.

 

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