Princesas y campeones

Elvia Ortíz COLUMNISTAS

Amamos tanto a nuestros hijos, que en ocasiones les construimos mundos irreales, donde son los reyes absolutos, sin pensar que eso, lejos de prepararlos a afrontar la realidad que vivimos, o motivarlos a hacer la diferencia en su entorno, los lleva a la intolerancia y a sentirse acreedores de pleitesía por parte de todos cuantos los rodean.

Por eso es sano exigir a nuestros pequeños el cumplimiento de responsabilidades acorde a su edad.

Que si nuestra adorada hija es la princesa de la casa, no significa que sus compañeros del colegio deban hacerle reverencias, y si nuestro pequeño es el campeón de los corazones de sus padres, no implica que en la calle vayan a vitorearlo, porque al final no ha ganado nada para merecerlo.

Ciertamente en la niñez la vida es más sencilla, en tanto que se premia el esfuerzo que se pone en una tarea, aun cuando el resultado sea desastroso, o te permiten llevarle a destiempo, como la mochila que olvidó. Aún en la Universidad pueden premiar su presentación, pero cuando te haces adulto, lo único que le importará a tu jefe son los resultados y no las ganas o el esfuerzo que hayas puesto por lograrlos. No importará si no dormiste la noche previa, sólo contará la productividad y eficiencia que genere tu trabajo.

La vida real exige el cumplimiento de metas reales, donde los mimos y permisividades del hogar, solo redundan en una capacidad nula de tolerancia a la frustración.

Niños de primaria en la Asamblea Legislativa #CDMX

Enseñemos a nuestros hijos a servir a los demás, a responder de las consecuencias de sus actos y a asumir retos y responsabilidades que irán creciendo con su edad. Si queremos que sean felices, lo primero es que aprendan a dar felicidad, a ser generosos y desprendidos; justo la gran maravilla de la niñez es la capacidad de asombro y la simplicidad para ser feliz, como con una simple lata vacía pueden lograr la alegría de un partido de futbol en la calle, como una caja de cartón que se convierte en un palacio o en un barco; donde la imaginación no tiene límites y lo mejor en la vida es jugar con los vecinos o recibir un abrazo de papá.

Es tan triste ver niños que lo tienen todo y en vez de sentirse dichosos por los regalos que reciben, arremeten en rabietas y berrinches porque la tableta no cumple con las especificaciones que pidieron, o el celular no es de la marca o modelo más cotizado… y lo peor es ver a los padres pidiendo disculpas y cambiando aquel artículo por el del gusto del niño,  más atinadamente podríamos llamarlo pequeño tirano, a quien no le importa el problema en que meta a sus padres con tal de conseguir lo que quiere.

Estamos formando pequeños adultos, egoístas e insatisfechos, que no tendrán el colchón de la alegría simple de la niñez para hacer muelle a los avatares de la vida adulta. Amemos a nuestros hijos, permitiéndonos dejarles algunos deseos insatisfechos, más tareas en casa, menos horas de videojuegos y más momentos de imaginación creativa con niños de su edad.

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(FOTO: CUARTOSCURO)

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