Segundo debate: perdió la democracia

José Ramón González COLUMNISTAS José Ramón Gonzalez Chavez

Al margen del eventual impacto mediático que pudiera producir el escándalo, el intercambio de diatribas, la guerra de falacias, en un debate electoral, la falta de argumentos y propuestas resulta estéril, vacuo; pierde su esencia informativa original de comunicación de los candidatos hacia la ciudadanía para exponer su respectiva oferta política y de gobierno, con la intención de que los votantes puedan contrastar, comparar y finalmente elegir aquella que más se identifique con sus propias necesidades y expectativas, dando con ello sentido al carácter representativo de la democracia occidental, uno de sus rasgos distintivos desde hace más de dos siglos y al sistema democrático sostenido por dicha representatividad, que es uno de sus pilares fundamentales.

Caer en este error resulta muy delicado cuando se trata de un supuesto debate para aspirar a la jefatura de Estado y de gobierno de un país y más aún cuando se trata de uno tan influyente en el contexto mundial como los Estados Unidos de Norteamérica, puesto que la trascendencia de lo que ahí se diga –o no se diga, o se diga a medias– rebasa la mera esfera local.

Y es que en política, debate implica controversia de carácter dialéctico, esto es, intercambio de argumentos (razonamientos lógicos expresados a través del lenguaje) que reflejen los diferentes puntos de vista de los debatientes sobre un asunto o problema, con el fin de que quien los lee o los escucha pueda contar con elementos suficientes para determinar cuál de las propuestas planteadas es la que resulta ser la mejor de las alternativas para intentar atenderlo o resolverlo, con lo que al final, uno de ellos logrará convencer para vencer, ganar la contienda por la fuerza de la razón, antes que por la razón de la fuerza, del ataque, de la violencia que siempre será negación del argumento y por ende, de la democracia.

La mayoría de los medios informativos más relevantes de EUA han coincidido en que el “debate” derivó en un lamentable espectáculo de ataques a la personalidad, incluso de la de terceros, hecho todavía más aberrante, como en el caso de las conductas del cónyuge de la candidata Clinton hacia algunas mujeres, lo que como todo que conocedor básico de la técnica argumentativa, constituye una de las mayores negaciones de la argumentación.

En ella lo que deben contraponerse son las ideas, las propuestas, los razonamientos, de lo contrario el debate se lleva a niveles ínfimos y con ello lo único que se obtiene es el demérito de las propuestas, de la elección, de la representatividad y en última instancia del sistema democrático en su conjunto.

La ciudadanía estadounidense y del mundo se quedó esperando escuchar las visiones de estado y de gobierno de los candidatos a la presidencia sobre los temas cruciales de la agenda política, económica y social norteamericana: ¿Dónde está señores Trump y Clinton su visión y su propuesta sobre economía, industria, comercio, infraestructura, comunicaciones, transporte, empleo, salud, vivienda, ciencia, tecnología, educación, seguridad pública y nacional, justicia, derechos humanos dentro y fuera de E. U., migración, constitucionalidad, organización y mejoramiento del poder público ejecutivo, legislativo y judicial, política exterior, y otros temas más que son de suma importancia para en verdad hacer algo para dejar un mejor país y un mejor mundo que el que recibirían de ganar la elección?

Eso es lo que a la ciudadanía de dentro y fuera de sus fronteras le hubiera gustado escuchar. En cambio, se toparon con un candidato que no responde lo que le preguntan y no es capaz de sostener un discurso de tres minutos sobre lo que sea y la otra candidata dedicada a defender las acciones del presidente Obama y de su marido en vez de proponer SU visión de los grandes, muchos y complejos problemas que tiene su país en lo interno y en lo externo.

En medio de este duelo de falacias y gran vacío de propuestas, lo que está en juego no es solo la legitimidad electoral de quien cuantitativamente pudiera resultar ganador en la próxima elección presidencial por ser no el mejor sino el menos peor. También se pone en entredicho la legitimidad del sistema representativo; el propio bipartidismo tradicional norteamericano al colocar al partido republicano ante una de las crisis más graves de su historia y debilitar severamente sus expectativas de posicionamiento en ambas cámaras del Congreso Federal; el sistema electoral, al inducir con todo esto al recrudecimiento del ya de por sí creciente abstencionismo; y al sistema democrático en su conjunto.

No tiene caso buscar un ganador en este segundo debate porque no lo hay, aunque sin duda, la gran perdedora resultó ser la democracia norteamericana.

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