Sexo en la cárcel: historias de corrupción y soledad

admin TENDENCIAS

Pasar por un puesto de revisión y que te dejen proseguir tu ruta de visitante: cinco pesos. Rentar ropa adecuada al reglamento del reclusorio: 15 pesos. Que te ayude un interno a encontrar al visitado: cinco pesos. Una quesadilla, un refresco, cinco pesos, diez pesos. Rentar una “cabaña” hecha con cobijas de invierno y un colchón para tener relaciones sexuales, 40 pesos la hora.

Tener alguien que venga a visitarte al reclusorio: no tiene precio.

En la cárcel todo cuesta. En esta realidad paralela, poblada de oscuras cavernas formadas por las erosiones del sistema penal mexicano, cada aspecto de la vida cotidiana se paga en monedas de baja denominación para la mayoría y con muchos billetes si se trata de privilegios para los capos que también ahí conviven -y que quieren televisores y aparatos para DVDs, y sexoservidoras por catálogo, por ejemplo-.

Forma parte de los hallazgos que Gabriela Gutiérrez describe en su libro “Sexo en las cárceles de la Ciudad de México”, editado por Producciones El Salario del Miedo y la Universidad Autónoma de Nuevo León.

Gutiérrez cuenta a El Insurgente que encontró el tema mientras desarrollaba otra investigación periodística (los niños que nacen en las cárceles y permanecen con sus madres ahí, hasta que cumplen cinco años de edad).

“En una de las visitas a las que fui vi que en el patio, a los ojos de todos, había varias ‘construcciones’ de cobijas gruesas, dispersas por todo el lugar. Pregunté y me dijeron que eran cabañas para que presos y visitantes pudieran tener encuentros sexuales. Se rentan por hora. Son negocios de otros presos o de los custodios”, comienza a explicar Gabriela.

A partir de ese hallazgo vinieron 12 meses de documentación periodística, en la que habló con decenas de internos y custodios de distintos reclusorios de la Ciudad de México, que le explicaron las cadenas de corrupción para lograr los distintos niveles de espacios para que los reos puedan ejercer su sexualidad y que van desde las “cabañas”, hasta encuentros furtivos en lóbregos pasillos atrás de los juzgados, prostitución forzada y prostitución hormiga, hasta cuartos tipo hotel de paso, bien instalados en los sótanos de los reclusorios, con sexo consensuado entre sexoservidoras externas, e incluso entre internos de otros penales que así lo concertan.

Y entonces, ¿en dónde quedan las visitas conyugales a las que tienen permitido acceder todos los presos?

“De acuerdo con estadística oficiales sobre visita conyugal, cada interno de los centros penitenciarios de la Ciudad de México sostiene solo 2.3 encuentros íntimos al año”. No todos los internos cuentan con una pareja (la mayoría son ‘dejados’ al poco tiempo de su condena). Y de tenerla, los trámites muchas veces terminan por enterrar los ánimos de buscar la visita conyugal a través de las autoridades”, explica el libro de Gutiérrez, en la página 53.

Custodios y psicólogos entrevistados por autora señalaron, además, que sería prácticamente imposible controlar a la población de internos si no tuvieran la “fuga y motivación” del sexo y el consumo de drogas. Así, la cadena de ilícitos suma eslabones a diario: el tráfico de estupefacientes, los robos, la violencia. Los pagos a los custodios, a los jefes de los custodios y a los jefes de los jefes del jefe para que no vean nada, para que les permitan las franquicias de las cabañas, cuartos y puestos del tianguis.

Por ejemplo, un “erizo” (recluso pobre) o un “patrañoso” (drogadicto con eternas deudas para pagar por el solvente, hierba o lo que consuma) pueden obligar a sus hermanas y parejas a pagar con sexo a sus acreedores “o de lo contrario los matan”. Están, también, las violaciones entre presos y todo tipo de abusos.

“Ni el 50% de los actos sexuales que se dan en la cárcel suceden entre hombre y mujer”, explica el libro en la página 57. Más adelante, “Kevin”, un sexoservidor que además es interno en el reclusorio ilustra: “Siete de cada 10 de mis clientes son hombres, son unos ‘tapiñados’ (se trata de personas que aparentan algo, pero en realidad son otra cosa)”.

Al ambiente de corrupción y violencia hay que sumar el riesgo sanitario. El uso de preservativos entre esa población es intermitente. Sujeto a disponibilidad (hay tiempos de abundancia y escasez, aunque la versión oficial es que siempre hay reservas) además de las imposiciones o tratos consensuados para no usarlo, a pesar de las altas tasas de Enfermedades de Transmisión Sexual que se registran.

Bajo todas esas condiciones, la rehabilitación y reinserción social son casi imposibles.

Gabriela Gutiérrez habla de su libro:

 

La sobriedad en la descripción  de las escenas que pueden encontrarse en “Sexo en las cárceles de la Ciudad de México” borra los lugares comunes que se pintan en las películas y las series televisivas. El ejercicio periodístico muestra el espacio de la vida íntima de los reos como un universo paralelo que está apenas a unos kilómetros de distancia de una de las ciudades más grandes del mundo, de los parques en donde juegan los niños y las parejas pasean de la mano, con románticos helados.

La idea que más inquieta es saber que ese mundo está ahí, al alcance de la mano y quizá disponible para ti en cualquier vuelta del destino.

Si la denuncia social del libro indigna, hay una fibra que cala: la soledad del preso. Olvidado por el mundo externo, suspendido en el tiempo de su condena, aislado de cualquier forma de afecto, está ávido de ser escuchado, de recibir una mirada que lo confirme como ser humano y detenga el transcurrir de sus días como un eco del pasado condenado a repetirse a sí mismo sin que nadie lo atestigue.

La publicación se presenta al público este jueves 2 de febrero, a las 20:00 en la Pulquería Los Insurgentes, Insurgentes Sur 226, colonia Roma.

 

“Sexo en las cárceles de la Ciudad de México”

Gabriela Gutiérrez

Producciones El Salario del Miedo

125 pp. México, 2017

Disponible en librerías

Versión electrónica en www.cazadoradehistorias.com

 

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